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sábado, 17 de febrero de 2018

Cubierta de saliva

A veces caen en mis manos vídeos que disparan mis fantasías y me ponen en un estado de excitación e impaciencia por llevarlas a cabo.

Eso es lo que ha pasado con este vídeo, que me ha encendido y ha generado en mi cabeza la siguiente historia que espero os guste y que mis señores tengan a bien realizar:

Fuente: Pornhub


Llevábamos ya un par de horas de sesión entre mi amo, la señora Amadelmar, su sumiso y yo. La excitación de todos era grande y fue la señora quien marcó el momento para dar rienda suelta al placer de cada uno.

  • Señora: Perro, ven aquí. Tengo ganas de correrme, pero no contigo. Quiero que te menees la polla y que cuando te vayas a correr me la metas y me dejes la leche dentro del coño. Lo haces ahí de rodillas mientras nosotros te miramos, y cuando no puedas más me avisas.
  • Sumiso: Sí, mi dueña.

El hombre hizo caso y, arrodillado en el suelo, con nosotros a su alrededor mirándolo, comenzó a masturbarse. Al rato dijo:

  • Sumiso: Mi dueña, mi leche está a punto para usted.

La señora entonces se tendió sobre la cama, abrió sus piernas y le ordenó correrse dentro de ella.

Cuando el perro se corrió, ella se levantó con cuidado, tapando con su mano la abertura de su coño para evitar perder nada de leche.

  • Señora: Tú, puta, tiéndete en la cama, abre las piernas y pon la cabeza en el borde para que tu dueño pueda usarla. Perro, coge el vibrador y juega con él y el coño de la perra. Pero, puta, como se te ocurra correrte antes que yo, te muelo a palos, así que más te vale indicarle a mi perro cuándo parar o atente a las consecuencias.

Me tumbé en la cama tal como ella me ordenó. Al momento se sentó sobre mi pecho y se acomodó de tal manera que su coño, que seguía manteniendo tapado con la mano, quedaba pegado a mi boca. Entretanto, mi amo se colocó por detrás de mi cabeza.

  • Señor: Puta, ya te puedes esmerar y hacerle un buen trabajo a la señora. Las pollas las comes muy bien; a ver si eres igual de buena comiéndote un coño.

Al momento sentí caer sobre mi cara un chorro de saliva de la señora. Mi excitación creció.

  • Señora: Perra, te voy a escupir todo lo que me dé la gana y tu amo también. Es lo que te mereces.

Y volvió a salir de su boca un chorro de saliva a la par que quitaba la mano de su coño. Esta vez la saliva no cayó directamente sobre mi cara, sino que fue a parar a la parte baja de su vientre, resbaló lentamente por su pubis y acabó cayendo en la comisura de mis labios, que esperaban impacientes el momento en que la señora les diera permiso para abrirse y comenzar a lamer.

Al destapar la señora su precioso coño comencé a notar en mis labios una agradable sensación cálida y viscosa.

  • Señora: Chupa, puta.

Abrí mi boca y comencé a recorrer su sexo con mi lengua y con mis labios.  Mientras chupaba, tanto mi amo como ella me escupían. Mi dueño, además, restregaba su polla por mi cara a la par que acariciaba los pechos de ella y que se besaban. También ella a veces restregaba su coño por toda mi cara.

Mi excitación era inmensa y varias veces tuve que hacer un gesto con mi mano al sumiso para que parase el vibrador. No tenía permiso para correrme.

El placer que sentía era indescriptible: estar tumbada inmovilizada por el peso de la señora sobre mí, tener en mi boca su coño rezumando sus flujos y la leche de su perro, sentir la humillación de que ambos amos me escupieran mientras ellos gozaban sobre mí, a la par que el sumiso me penetraba con el vibrador..., me humillaba y me excitaba a partes iguales.

Sentir a la señora gemir con su coño en mi boca, penetrada por mi lengua, y saber que estaba a punto de tener un orgasmo hacía que mi corazón latiese disparado. Mi cara estaba llena de saliva, de flujos, de semen, y sentía resbalar por ella la polla de mi dueño.

La señora no tardó en correrse. Gemía desatada y pude sentir sobre mi lengua las contracciones de su coño. ¡Cuánto disfruto dándole placer! 

  • Señora: Ahora te toca a ti, I. 😜 ─le dijo a mi dueño mientras trataba de restablecer su respiración─.

La señora se echó un poco hacia atrás, dejando libre mi boca para que mi amo me la follase, que lo hizo ante la atenta mirada de ella. Tampoco él tardó en correrse, derramando sobre mi cara un cálido chorro de leche que ella se encargó de esparcir y de mezclar con el resto de fluidos que la cubrían. 

  • Señora: No ha estado mal, perra. Ahora quiero ver cómo te corres.
  • Laura: Muchas gracias, señora.

Y sin movernos de la postura en que estábamos, su sumiso me clavó el vibrador hasta el fondo y lo puso a funcionar a su máxima potencia. Tuve un orgasmo que me supo a gloria y me sentí infinitamente agradecida a mis dueños por usarme de esa forma y por permitirme darles el placer que merecen.
Foto tomada de internet

sábado, 3 de febrero de 2018

El arnés

El primer día que la señora Amadelmar y su sumiso estuvieron en nuestra casa viví por primera vez unas cuantas experiencias que nunca antes había vivido.

Todo era nuevo, excitante y maravilloso, pero si algo recuerdo con especial intensidad fue el momento en que la señora se colocó el arnés con polla y se dispuso a follarme.

Había fantaseado muchísimo con la idea de tener sexo con una mujer, pero la realidad es que nunca había pensado en el tema del arnés.

La señora apareció con él, me lo había comprado como un regalo y como un juguete que se quedaría en mi casa aguardando sus futuras visitas.

El tamaño de la polla de aquel arnés era considerable y ver a la señora, tan femenina, tan sexy, con aquello colocado dispuesta a ensartarme me producía un morbo tremendo.

La señora colocó sobre el suelo mi manta de perra, me tumbó sobre ella boca arriba y se echó sobre mí. Ya me había hecho chupar aquella polla, así que entre mi saliva y el líquido que brotaba de mi coño no tuvo ninguna dificultad para penetrarme. Antes al contrario, me clavó hasta el fondo el enorme pene adosado al arnés y comenzó a meterlo y sacarlo de mi coño con un movimiento rítmico de sus caderas.

El hecho en sí de que me follara me encantaba, pero lo que me resultaba de una exquisitez absoluta era acariciar a la par su cuerpo de mujer mientras me lo hacía: disfrutar de su piel suave y sin vello, de su cinturita estrecha y sus caderas anchas, tocar sus grandes pechos y pellizcar sus duros pezones. Palpar su cuerpo femenino mientras me follaba como un hombre volvía mi mente loca y me proporcionaba un placer extraño e intenso.

Pero, además, sentir su dominio sobre mí mientras mi amo nos observaba atento a nuestro lado y su sumiso tomaba fotos, me producía un sentimiento de humillación y una excitación inusual. Era más una sensación de placer mental que físico: la sensación de que ella estaba sobre mí haciéndome lo que quería, controlando toda la situación sin yo poder resistirme, que mi amo disfrutaba viendo cómo una mujer me dominaba, mientras el sumiso nos hacía fotos. Me excitaba sentirme como un trozo de carne a merced de los demás, proporcionando placer a todos de diferentes maneras.
La señora Amadelmar y yo.

martes, 5 de diciembre de 2017

Perros enjaulados

Llaman al timbre y mi amo va a abrir la puerta.

  • Señor: Hola, M.M., me alegro de verte.
  • Señora: Hola, I., yo también me alegro de verte. Uy, qué raro que hayas abierto tú en vez de tu criada 😉.
  • Señor: Ahora verás. Se ha portado fatal y la tengo castigada.
  • Señora: No me hables que vaya mañanita me ha dado a mí también el perro este...

Los oí avanzar por el pasillo hasta el salón, donde yo me encontraba.

La señora entró y su sumiso, al que traía sujeto con su correa de perro, detrás de ella.

  • Señora: Bueno, perrita, parece que no te has portado muy bien, ¿no?

Me avergonzaba mucho mirarla y no fui capaz de responderle. Ella venía espectacular, con unos vaqueros perfectamente ajustados a sus torneadas piernas, unas botas de alto tacón y una blusa blanca a través de la cual se dejaba adivinar un fino sujetador de encaje del mismo color.

Yo... estaba en el centro del salón, delante del sofá, desnuda, de rodillas y... dentro de una jaula de perros que mi amo había adquirido recientemente para mis castigos.
Foto tomada de internet.
Me sentía muy humillada y noté como toda la sangre se me subía a la cara haciéndome enrojecer.

  • Señora: Saluda por lo menos, perra me dijo mientras acercaba la punta de su bota a la jaula para que se la besara.
  • Señora: Perro, ¿ves cómo está la perra por haberse portado mal?  Pues ahí te vas a quedar hoy con ella. Con la mañana que me has dado, bastante con que no te deje en la puerta... ¡Desnúdate!

A. se quitó la ropa sin rechistar. Se quedó completamente desnudo a excepción del cinturón de castidad que traía puesto, una especie de jaulita que le apretaba la polla. La señora le obligó a entrar en la jaula en la que yo me encontraba. El espacio no era muy grande, pero podíamos estar los dos de rodillas sin mucho agobio.

  • Señora: Y ni se os ocurra tocaros. I., hoy me parece que solo nos divertiremos tú y yo.
  • Señor: Mmmmm, por mí, encantado.

Los dos señores se sentaron en el sofá, justo al lado de nosotros, y tras una ligera conversación comenzaron a besarse y a acariciarse.

No tardaron en quitarse la ropa y la señora tomó la iniciativa a la hora de chincharnos. Se levantó y se sentó en una de las esquinas de la jaula, con las piernas abiertas:

  • Señora: I., mira cómo a los perros les gusta lamer. Vamos, perros, aquí tenéis trabajo. Turnaos para chupar, no quiero peleas.

Y A. y yo nos turnamos para lamer el coño de nuestra ama ante la atenta mirada de mi señor. Éramos dos perros enjaulados babeando por tener el regalo que nuestra dueña nos daba, su rico coñito apretado contra los barrotes de la parte de arriba de la jaula. Nuestras caras brillaban bañadas por la mezcla de sus flujos con nuestras salivas.

  • Señora: Ya vale, perros  nos dijo levantándose de golpe, acercando su cara hacia la jaula y escupiéndonos a los dos, hoy no habéis merecido comerme el coño. El coño de vuestra ama hoy es solo para I.

Después se levantó, echó su torso desnudo sobre el techo de la jaula y abrió sus piernas.

Mi amo no tardó en entender la invitación y se puso tras ella a acariciar su espalda, sus pechos, su culo...

  • Señora: Mira los perros cómo nos miran, I. Os gusta mirar, ¿verdad, perros? Pues ahora, mientras I. me folla, vosotros vais a chupar mis pezones desde ahí abajo.

Y, diciendo esto, nos volvió a escupir en la cara a los dos.

  • Señora: Restregaos mi saliva por la cara, perros. Y dadme las gracias por dejaros disfrutar de esto desde la jaula, que sabéis que no lo merecéis.

Entonces vimos cómo la polla de mi dueño la penetró por detrás. Ella se estremeció, gimió y volvió a escupirnos.

  • Señora: Puta, restriégate mi saliva por las tetas. Y tú, cabrón, haz lo mismo.

Mientras nos untábamos su saliva por donde ella nos ordenaba, tratábamos de chupar sus pezones a través de los barrotes, aunque los empujones que mi amo le daba hacían que sus pezones se restregasen traviesos por toda nuestra cara, resultando difícil apresarlos con la boca.
 
La siguiente vez que nos escupió nos ordenó restregarnos su saliva por el coño y por la polla respectivamente. La polla de A. parecía que fuese a reventar la jaulita de castidad y mi coño chorreaba manchando la mantita de perro que teníamos bajo las rodillas.

La señora gemía mientras mi amo la follaba y nosotros, los perros, estábamos inquietos, excitados y sin apenas poder movernos. Respirábamos jadeantes y los dos babeábamos cada vez que lamíamos los pezones de la ama.

  • Señor: Perra, saca tu mano y tócame los huevos.

Los barrotes de la jaula estaban muy juntos, pero me permitían sacar los dedos y tocar con sus puntas los huevos de mi dueño, a la par que rozar con suavidad el clítoris de la señora.

A medida que los jadeos de los señores iban a más, nuestros corazones de perros latían más deprisa y más luchábamos por poder chupar los pezones de la señora, asalvajados como ya nos encontrábamos.

Nuestra excitación llegó al máximo en el momento en que nos dimos cuenta de que ella se estaba corriendo. Chupamos sus tetas con desesperación y contuvimos nuestras ganas de tocarnos cumpliendo con las órdenes recibidas.

La señora se corrió antes que mi señor y entonces le oí a él preguntarle:

  • Señor: ¿Te importa si me corro en la cara de mi perra?
  • Señora: Solo si me dejas que le siga escupiendo 😉.
  • Señor: Por supuesto.

Y así fue como mi amo se corrió sobre mi cara a la par que la señora nos escupía sin parar. Cómo necesitaba un orgasmo...

Entonces no sabíamos qué vendría después. Los amos, una vez terminaron, se sentaron a descansar en el sofá, justo delante de la jaula que ocupábamos. A. y yo estábamos avergonzados y sucios, pero muy excitados.

  • Señora: Ahora me apetece ver un documental de animales... 😋, así que nos váis a enseñar a I. y a mí cómo se aparean dos perros enjaulados, a ver de lo que sois capaces...

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Atendiendo a nuestros invitados

Conocimos a la señora Amadelmar a través de la página de DominaciónWorld.  Mi dueño estuvo un tiempo buscando una ama con la que compartir sesiones entre los tres y tuvo la suerte de dar con ella, la cual ya tenía un sumiso pero igualmente deseaba ampliar sus experiencias. Después de un breve tiempo de contacto cibernético vimos que había llegado el momento de conocernos en persona.

Unos días antes de quedar le mandé a mi amo la siguiente fantasía para que él se la mandase a ella. No era un guion para realizar, sino solo el modo en que mi mente pensaba ante la expectación de aquel primer encuentro.

Quedamos en nuestra casa, y aunque yo imaginaba algo parecido a esto, debo deciros que la realidad superó a la ficción 😊. Ya os iré contando.

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Llaman a la puerta. Deben de ser nuestros invitados. Yo no los conozco, pero usted me ha hablado muy bien de ellos, por lo que sé que pasaremos una tarde agradable.

Llevo mi uniforme de sirvienta. Hace tiempo que no me lo pongo, pero hoy la ocasión lo merece; no se tienen invitados así todos los días.
Mi uniforme de sirvienta. Olvidé hacerme una foto con él puesto 😊
Usted espera en el sillón y cuando suena el timbre, me agarra fuerte del pelo y me da las primeras instrucciones:

  • Señor: Ve a abrir, puta, y espero que no tenga que avergonzarme de ti.

Me da un poco de miedo no quedar a la altura de lo que usted espera de mí, pero le prometo que haré todo lo posible por ser una buena sirvienta para usted y nuestros invitados.

Cuando abro la puerta, veo que vienen dos personas: una señora elegante con aspecto de tener un fuerte carácter pero cara de buena persona y un hombre detrás de ella. El hombre lleva al cuello un collar de perro y la señora lo tiene sujeto por una correa. Nada más abrir la puerta, le indica:

  • Señora: Pórtate bien, como yo te he enseñado.
  • Laura: Buenas tardes, señora, venga conmigo, por favor. Mi señor la espera en el salón.
  • Señora: Muy bien, criada, ahora voy. Y tú, perro, ya sabes cómo tienes que comportarte.

El hombre no responde, simplemente se pone a cuatro patas y se dispone a recorrer de esa manera el pasillo que separa la entradita del salón.

Yo les guío hasta el salón y le indico a usted que ya llegó la señora. Se presentan con afabilidad y le ofrece asiento a su lado en el sofá.

  • Señora: Perdona, I., ¿dónde puedo dejar al perro?

Y usted le indica el sitio que tiene habilitado para mí y que ahora compartiré con él:

  • Señor: Puedes dejarlo ahí. Ahí hay una mantita y un bebedero con agua. Es donde suele descansar la mía cuando le doy permiso.

Usted y la señora comienzan una charla mientras yo espero de pie, en mi sitio junto a la pared, a que usted me indique qué hacer.

  • Señora: Me gusta tu criada, parece bien enseñada.
  • Señor: A veces es muy rebelde y tengo que castigarla, pero poco a poco la vamos metiendo en cintura.
  • Señora: ¿Me permites que le haga un pequeño reconocimiento? Yo también ando buscando criada.
  • Señor: Sí, por favor, toda tuya.

La señora se levanta y se viene hacia mí. Me siento nerviosa y muy avergonzada. Sin decir nada, me acaricia el cuello y baja poco a poco hacia mis pechos, los que aprieta para valorar su tamaño. Yo enrojezco. Y ella sigue bajando sus manos hacia mi cintura y mis caderas. Y baja un poco más, hasta donde termina mi vestido. Lo levanta para mirarme las piernas y me hace ponerme de espaldas, mirando a la pared. Entonces levanta la faldita para observar mi culo y desliza una mano por mi entrepierna, sobre mis braguitas.

Sin quitar la mano de ahí, y acercándose a mi oído, la señora me dice:

  • Señora: Tu dueño me ha pedido que venga para que te enseñe lo que es un buen perro. ¿Ves lo obediente que es el mío? Pues así tienes que ser tú. Tu amo no te tiene aquí solo para darte de comer y que le limpies la casa; te quiere completamente a su servicio, ¿te enteras?
  • Laura: Sí, señora.
  • Señora: Pues ahora vas a seguir aquí esperando las órdenes de tu amo, pero te quitarás la parte de arriba del uniforme. Quiero ver esas tetas y no creo que tu amo ponga objeciones, ¿verdad, I.?
  • Señor: Que se la quite. La muy puta tiene unas buenas tetas.

Muerta de vergüenza y de humillación, le hago caso a usted y a la señora. Me descubro las tetas y sigo esperando nuevas órdenes en mi rincón mientras ella vuelve al sofá.

Ahora se dirige a su perro:

  • Señora: Tú, perro, levántate del suelo y ponte ahí de pie (junto a la misma pared donde yo espero, separados ambos por una estantería). Sácate la polla y espera nuevas órdenes.

El hombre, sin rechistar, se saca la polla y se queda esperando.

Usted le pregunta a la señora si desea tomar algo y ambos deciden tomarse una infusión y unas pastas.

Entonces usted me da nuevas instrucciones: 

  • Señor: Puta, prepara unas infusiones para nosotros y sírvenoslas.
  • Laura: Sí, mi señor. 

Y yo me voy a la cocina y preparo una bandeja con las infusiones y las pastas. Vuelvo al salón y dispongo un mantel limpio sobre la mesa. Sirvo primero a nuestra invitada y luego a usted, mi señor.

Oigo a la señora decirle:

  • Señora: Yo cuando meriendo suelo ponérmelo aquí a mis pies y, si se porta bien, le echo alguna cosilla de comer. Perro, ven, échate aquí ─le dice al hombre─, y él se acerca dócilmente a tenderse junto a los pies de su ama.
  • Señor: Puta, tú haz lo mismo. Ponte aquí a mis pies y si te portas bien, igual te dejo que comas algo…

Entonces le hace una broma a la señora y le dice:

  • Señor: Esta puta nada más que quiere comer polla.

Les oigo reírse y vuelvo a ponerme roja.

Cuando terminan de merendar, me obliga usted a recoger la mesa y a llevarlo todo a la cocina y fregarlo.

Cuando vuelvo, la señora se ha cambiado de ropa y ahora luce un ajustado corpiño y unas botas altas.

  • Señora: Puta, métete en el cuarto y ponte a cuatro patas sobre la cama sin quitarte la ropa y de espaldas a la puerta.

Cuando entro en el cuarto, sigo sus instrucciones a pies juntillas. Estoy muy, muy nerviosa. Espero en la postura ordenada durante un rato y entonces les oigo entrar, pero como estoy de espaldas a la puerta, no les veo.

Oigo cómo cierran la puerta del cuarto y cómo la señora obliga a su perro a que se desvista. Entonces lo ata de pies y manos a los arneses que tenemos en la puerta y le dice:

  • Señora: Hoy te toca mirar cómo tu ama domestica a otra perra y, si te portas bien, tendrás tu premio.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Bañando a mi señora

Estimada señora Amadelmar:

Debo confesarle que desde que la conozco se ha convertido usted en objeto de mis fantasías más morbosas.

Hoy me gustaría contarle una de ellas, una en la que usted es la absoluta protagonista mientras que mi señor y su perro disfrutan como meros observadores de la escena y yo soy un instrumento para darle placer.

Mi mente se va a una sala grande con una bañera en el centro, de esas antiguas con cuatro patitas. Es un sitio limpio y agradable, con un amplio ventanal y el suelo como un tablero de ajedrez, a cuadros blancos y negros.

Foto tomada de internet.
Al entrar en la habitación, es mi amo quien organiza:

  • Señor: Perra, tú ya sabes lo que tienes que hacer. Tú, perro, ponte de rodillas en ese rincón. Yo me pondré cómodo en ese sillón. Y tú, M.M., déjate llevar y disfruta como te mereces, que hoy mi perra estará solo para tu servicio.

Su perro se arrodilla en el rincón que le indica mi amo y él se acomoda en el amplio sillón, desabrochándose el cinturón y el botón del pantalón.

Pongo a llenar la bañera con agua caliente. Usted y yo permanecemos de pie junto a ella. Usted va elegantemente vestida con una blusa y una falda. La blusa ciñe sus pechos y la falda, sus caderas. Yo llevo un corpiño negro y medias del mismo color. También mi collar de perra y la correa, que usted agarra con una mano.

Me arrodillo delante de usted, acaricio sus pantorrillas y desabrocho las correas de sus zapatos. La descalzo y beso sus pies.

Me levanto y acaricio suavemente su cuerpo por encima de la ropa. Me siento tímida y me da vergüenza mirarla a los ojos. Solo pienso en darle placer.

Toco su cuello con suavidad y deslizo mi mano despacio por el escote de su blusa. Acaricio sobre ella sus pechos y siento que le gusta al notar en mi cuello un leve tirón de la correa acompañando a un gemido suyo.

Bajo hasta su cintura y la giro para desabrochar la cremallera de la falda. Antes de bajársela, palpo con mi mano su cuerpo por debajo y luego poco a poco la dejo caer.

Usted está de espaldas a mí y mis manos vuelven a buscar sus pechos. Los acaricio con suavidad y comienzo desde arriba a desabrochar los botones de su blusa. Cuando ya están todos, la dejamos caer al suelo junto a la falda.

Mientras esto ocurre, mi amo nos observa desde el sofá y su perro, desde el rincón donde está arrodillado. A veces se les oye gemir.

Usted está ya casi desnuda. Desabrocho su sujetador y libero sus pechos. Los vuelvo a acariciar, la giro de nuevo hacia mí y acerco mi boca a sus pezones. Los lamo suavemente y froto mi cara contra ellos dejándola toda mojada de mi propia saliva.

Ahora me vuelvo a arrodillar. Usted ya solo lleva puestas sus braguitas. Paso mis dedos por su entrepierna y un nuevo tirón de la correa me hace sentir su excitación. La acaricio un ratito antes de bajar sus bragas.

Ahora usted está desnuda delante de mí, con su coño a la altura de mi cara. Se lo beso. Se lo vuelvo a besar.

Noto que mi excitación crece, pero no es mi placer el que busco, sino el suyo. Vuelvo a besar su coño y meto mi lengua entre sus labios.
Foto tomada de internet.
Palpo con mis dedos y noto la humedad que va saliendo. Mojo mi dedo corazón en su flujo y repaso con la punta el borde de mi boca.

Y le doy las gracias por dejarme hacerlo, por permitirme arrodillarme ante usted y besar su coño.

Ahora me levanto y la invito a entrar en la bañera. Tenemos un gel de baño que huele a canela, como la vela que usted suele usar conmigo y que siempre me la trae a la memoria cada vez que paso a su lado, y una esponja natural.

Vierto un poco de gel en la esponja y, arrodillada a su lado, empiezo a lavar su cuerpo. Usted está totalmente relajada y se deja hacer. Muy despacio lavo sus brazos, su cuello, su pecho, su espalda, sus piernas y, por último, su coño.

Ahora me coloco detrás de su cabeza. El agua y la espuma cubren su cuerpo. Sigo de rodillas, como debe estar una perra junto a sus dueños. Le recojo el pelo en la parte de arriba y comienzo a besar su cuello y sus hombros. Poco a poco empiezo a notar que su respiración se acelera. Saber que está excitada me excita a mí aún más. Vuelvo a notar el tirón de la correa.

Mis manos bajan ahora hasta sus pechos mojados, por debajo del agua. Mis dedos se deslizan con rapidez sobre sus pezones duros.

Cada vez respira más rápido y yo cada vez tengo más ganas de bajar hasta su coño. Se lo toco y puedo notar como su propia humedad se mezcla con el agua.

Le meto un dedo y usted se estremece. Le meto otro. Y otro más. Entran con facilidad. La follo con mis dedos despacito, mientras noto como el placer la va invadiendo.

  • Señora: No pares, puta.

Y no paro, señora. Mientras le meto los dedos en el coño, rozo su clítoris, con mucha suavidad, como a usted le gusta.

Y de pronto siento un tirón en el cuello y usted se retuerce gimiendo fuerte. Noto como las contracciones de su coño aprisionan mis dedos y sé que se está corriendo en mi mano.

El corazón me late con rapidez. Disfruto tanto dándole placer...

Cuando su orgasmo termina, veo que mi señor se está masturbando. Cruzamos nuestras miradas y observo en sus ojos el orgullo que siente por su perra. Cuando se corre me encuentro mucho más excitada aún.

Su perro tiene la polla aprisionada en una especie de jaulita con un candado. Está roja y muy hinchada, pero los barrotes se le clavan, no permitiendo liberar su erección.

Los dos perros estamos muy calientes, pero no tenemos permiso de nuestros dueños para corrernos.

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Aquí termina esta fantasía, señora Amadelmar. Si le ha gustado, estoy a su disposición para llevarla a la realidad cuando usted desee.